Un reto prometedor


Querer, desde el corazón de un padre y el alma de una madre, es un reto que hay que afrontar para presentar al mundo un ser humano cargado de historia y empuje. Es prometedor reconocerse como consejero y orientador en la vida de tu hijo-a, pues al adoptar una actitud responsable vamos forjando el libro del crecimiento y las páginas de las oportunidades.

Para ello debemos formarnos, preguntarnos y respondernos, como la única estrategia para aprender lo que necesitan y devolverles el mundo que le pedimos prestado en mejores condiciones que cuando lo recibimos y con ellos, como protagonistas verdaderos de nuestro futuro más inmediato.


Crecer es un reto y proyectarnos es un deber que hay que cumplir, reclamando el derecho a enfocar la educación en la esfera de relación padres-hijo, permitiendo la contribución de familiares y amigos en un escenario donde todo se comparte con el único propósito de aportar para el desarrollo integral del niño y del adolescente, en su lanzamiento a un mundo de puertas abiertas, repleto de oportunidades y limitantes.

Dr. Juan Aranda Gámiz



martes, 16 de octubre de 2012

¿HABRÁ PADRES QUE HAGAN PRO FORMAS?

Al visualizar la posibilidad de ser padres, en unos casos nos plantearemos el reto de afrontar tal responsabilidad, en otros nos preocuparemos si estamos preparados para tal propósito y, en muy pocos casos nos convertiremos en contadores de lo que está por venir y haremos un cálculo de cuánto necesitaremos invertir, si no se suceden muchas circunstancias adversas, para sacar adelante a un hijo, como si esta propuesta de vida de ser padres pudiera calcularse a partir de una fórmula.

A pesar de todo, cualquier expectativa económico-financiera va a ser superada por la realidad  y será esta y no el bolsillo la que logre transformarnos y marcarnos para toda la vida, de la que aprenderemos a seguir siendo padres sin otros fondos de reserva que la presencia y la semejanza, por eso sufrimos si no se nos parecen o si se van muy lejos, que para nosotros puede ser simplemente la otra esquina del barrio.

Imagino los avatares de un embarazo con los gastos que conlleva, los consejos que se han de pedir y los cuidados a los que las madres se hacen merecedoras, en la mayoría de los casos con el soporte constante de unos abuelos que quieren llegar a serlo más que padres los progenitores. Al final, con el primer llanto del recién nacido se pagó toda la factura porque la felicidad nos devuelve intereses en la cuenta corriente de la vida y ahora empezamos a ser ricos de esperanza.

Sortear la incertidumbre de un crecimiento y desarrollo puede abrir una ventana a la desesperación por el abanico de sorpresas que podemos hallar en la salud de nuestro hijo o en nuestra propia salud, lo que puede condicionar abandonos o partidas, con el costo que puede implicar en la formación integral de nuestro hijo si somos nosotros quienes tenemos que irnos, de nuestra casa por separación o divorcio, de nuestra tierra por migración o de este mundo, cualquier reencuentro físico o espiritual, en algún momento y lugar compensaría la lista de gastos que se necesitaron antes del distanciamiento temporal o definitivo.

Sentirse inmerso en una red de despropósitos y falsas rutas, con el argumento de buscar sustento económico, puede obligarte a invertir en actitudes positivas toda tu vida con el afán de revertir tus comportamientos, esos que te llevaron a huir, entrar en la cárcel, vivir abandonado u olvidado de los tuyos. Si la vida te gratifica con una llamada de perdón o se presenta en tu vida y reconoce sus errores, pidiéndote a cambio otra oportunidad más, puede abrirse un corazón de buenas voluntades y unirte a un proyecto de futuro sin haberse borrado el pasado y así puede entenderse que hemos sido gratificados con una recompensa que no esperábamos ni quizás merecíamos.

El ruido de una ambulancia nos puede haber llevado a una sala de emergencias sin pensar en salir íntegro de esta coyuntura, pero la oportuna intervención profesional del personal de salud, la pericia del chófer y nuestras palabras de ánimo les ayudan a pasar la línea peligrosa de la puerta de cualquier hospital y cuando sale victorioso y dormido, abre los ojos recién intervenido y despierta, mirándonos con sueño, todo está pagado. 

Cuando las calificaciones no nos convencen y sufrimos porque nuestras ilusiones de verlo desarrollándose en un campo profesional y con éxito, invertimos en lo que sea necesario y discutimos, renunciamos y exigimos, para cargarlo de gasolina y que pueda circular el aprendizaje que le hará grande por su formación y sus aportes, pero al comprobar que a pesar de las bajas notas pudo sobresalir más adelante y que hoy nos alegra su liderazgo y nos compensa su presencia, hemos recuperado intereses más allá de lo esperado.

Cuando nos presenta a su novio-a y dudamos de que sea la pareja ideal, reconociendo que no hay una química que nos adentre en una relación fluida y agradable, convincente y segura, invertimos en lo necesario para los dos retoños y aprendemos a relacionarnos saliendo y entrando, hablando y viajando, pero cuando llegan los nietos y nos quieren más que a nadie porque esa pareja de la que dudábamos nos antepone a cualquiera, al haber notado nuestra presencia en su propia existencia, quedamos debiendo cariño a ese retoño de por vida.

Cuando dudamos de las decisiones de nuestros hijos y muy a pesar de nuestra insistencia dicen que todo está calculado y que no hay de qué preocuparse, buscamos invertir en confianza de nuestra parte, como lo esencial que ellos necesitan y nos encomendamos a Dios, sufriendo por el recrudecimiento de una úlcera gástrica o la repercusión cardíaca de un paciente hipertenso y padre, al mismo tiempo, cuando nos hablan los demás de la entereza de nuestro hijo y la capacidad de adoptar actitudes de riesgo por la seguridad de sus predicciones se nos quita el catarro de incertidumbre y ya recuperamos los gastos sanitarios.

Cuando escuchamos algo de nuestros hijos o lo descubrimos y no estamos seguros, pero son señalados y reconocen su culpa, gastamos en silencio y penas, aunque al recuperar la magnitud de una libertad tan esperada, con más canas de momentos de depresión que de exposición al sol, y corren a abrazarnos para palpar que aún estamos vivos y esperándoles, nos llega el premio mayor de la lotería y nos volvemos a sentir afortunados.

Por eso, unos padres no deberían hacer pro formas, ya que todo queda pagado por la vida de nuestros hijos y sus actitudes, a veces debiendo esperar pacientes o quizás en otras esperando que nos lo recompensen en el más allá, pero la actitud de espera para recuperar la inversión con un beso o una mirada siempre va a estar ahí, porque todos tomaron de esa responsabilidad y respeto a través del cordón umbilical.

De tu amigo, que nunca te falla,

Juan.


martes, 9 de octubre de 2012

OLVIDAMOS POR FALTA DE PRÁCTICA

Pensamos que siempre vamos a controlar las situaciones y seremos capaces de mantener un liderazgo necesario para mantener viva la relación padres-hijos, pero la falta de tiempo, las excusas, el amontonamiento de tareas o la necesidad de descanso en las horas libres nos conducen a dejar de practicar y, a la larga, lo que no se practica tiende a olvidarse.

Si no practicamos escuchando olvidamos dialogar, lo cual es un problema al aconsejar y   reorientar. Si no practicamos mirando estamos perdiendo la oportunidad de ver y observar, pudiendo conducir después. Si no practicamos hablando perdemos los momentos de diálogo y se van a buscar respuestas en la calle. Si no practicamos con el ejemplo ante nuestros hijos van a buscar otros modelos que imitar en familiares, amigos, conocidos, profesores o líderes de opinión, figuras públicas o políticos.

El gran problema no es si no practicamos pues podemos hacerlo en otro momento, lo grave es que dejemos de practicar a menudo y al final se olvida escuchar y empezamos a gritar por cualquier reclamo, olvidamos hablar y esquivamos las preguntas, se olvida dar ejemplo y nuestros hijos dejan de parecerse a nosotros, aunque tengan escrito parte de nuestro código genético, olvidamos mirar y se nos escapan los detalles que después tenemos que ir a mirar en una foto o una película, porque se nos olvidó el color del pelo, que a nuestra hija le gusta la minifalda o que ya le salió barba a nuestro hijo mayor.

Olvidar por falta de práctica es el Alzheimer de los padres, en su relación con sus hijos, pues se acabaron los roces y las miradas, los susurros y las caricias, ingredientes muy importantes para crecer como padres y regocijarse como hijos, en el regazo de unos padres que aún pueden dar ejemplo, mirar, escuchar y hablar.

Esto nos obliga a tener una agenda de la relación con nuestros hijos, donde escribamos todos los días, para que no se nos olvide, frases que nos recuerden que tenemos que decirle algo importante a un hijo, que tengo que mirar enamorado a mi hija, que debo escuchar las historietas del menor o enseñarle al mayor cómo debe tratar a su abuela o a su novia, si al llegar le doy un beso a su madre o le lanzo un piropo.

Pero esta agenda no puede ser de papel ni de cuero, sino que debe ser de sangre ya que debemos llevarla en el corazón y mantener la inquietud de que ahí no se borre nada que no queremos olvidar, tener presente que nosotros somos porque hay quienes van a continuar nuestra tarea y que ellos también sienten la necesidad de que los padres nos acordemos y los toquemos, que sientan la paternidad o la maternidad en nuestro toque y nuestros consejos.

Vivir para practicar es una decisión sabia, pues cuando nuestros hijos nos agradezcan lo que hicimos por ellos en vida lleva implícito un agradecimiento por lo que no olvidamos hacer y eso forma parte de su formación como seres humanos y transmitirán a sus propios hijos.

Ser padres implica practicar a diario para no olvidar y no olvidar la práctica diaria, un ejercicio que debe estar presente en nuestras vidas antes que comer, pasear o disfrutar del tiempo libre, porque el principal objetivo de unos padres debe ser la educación de sus hijos.

Gracias por seguir ahí, de tu amigo.

Juan

miércoles, 3 de octubre de 2012

¿A QUÉ LLAMAN TAREAS LOS PADRES?

Cuando hacemos las tareas de la casa nos cansamos de lavar y cocinar, reubicar los muebles y doblar la ropa, apagar la tele y también limpiamos el polvo y fregamos, lavamos los platos y hacemos las camas, todo es un paquete al que llamamos "las tareas de la casa" y parece que la testosterona no se llevara bien con ellas.

Reconocemos que es triste cambiar pañales y controlar los arrebatos de los más pequeños, perseguir a los adolescentes y sus secretos, mantener los adornos íntegros hasta la noche y esperar que te inviten a salir en la noche, aunque sólo sea la paga que vas a recibir día tras día.

Cuando se trata de la relación padre-hijos hay unas tareas que debemos cumplir y a veces desconocemos cuáles son porque no vienen referidas en ningún manual, pero hoy os voy a dejar 10 tareas, las esenciales, para que se vayan desarrollando poco a poco:

          A. LA JAULA: Unos padres deben aprender a vivir con sus propios hijos, observando y destacando, propiciando y revisando, detectando y descubriendo, por que la educación es un proceso de ordenamiento de todo lo que se ve para estructurar el libro de conducta de unos padres, escribiendo -página a página- sus reacciones y sus encuentros, en un espacio reducido porque ahí es donde más se valora la libertad de ser padres cuando puedas volar con tus hijos y emprender nuevos descubrimientos, como el pájaro cuando encuentra la puerta de la jaula abierta y, a veces, regresa según el trato que se le ha dado.
          B. LA MESA: Unos padres deben decidir con los hijos alrededor de una mesa, mirándose de frente y aportando, recibiendo y entregando, enseñando y aprendiendo, porque la escuela de la casa es el germen de cualquier propuesta escolar futura y profesional en el mañana.
          C. EL PAYASO: Unos padres deben aprender a disfrazarse para ser aceptados y manifestarse con la cara que los hijos quieren ver, con la que rían y disfruten, porque ahí van a interiorizar gestos y actitudes que luego incorporarán en sus actividades diarias.
          D. EL CONFESOR; Unos padres deben abrir espacios de diálogo para informarse y para explicar, para orientar y detallar, porque a pesar de que el secreto que te confiesen te llegue a abrir una herida, la penitencia debes ponértela tú, como padre o madre, si todo no va bien y hay que seguir confesando hasta que su vida no tenga secretos para tí y tú seas parte de su vida diaria.
          E. LA OLLA EXPRÉS: Unos padres deben aprender a ser como una olla exprés, que cuando se calienta y va a estallar abre una fuga para eliminar el vapor de agua y evittar un desastre, debiendo descubrir dónde tenemos esas oportunidades para canalizar nuestros momentos de saturación y dificultades.
          F. EL COLADOR: Unos padres deben transformarse en un colador, para que todo lo que surja de la relación entre padres e hijos sea colado, a diario, pudiendo eliminar el desecho y dejar que pase lo bueno, lo que tiene contenido, lo que va a edificar en la relación y a contruir en nuestros hijos.
         G. EL DECORADOR: Unos padres deben saber que cada día deben aprender a decorar el espacio en el que juegan y disfrutan nuestros hijos, no sólo por el desorden que provocan sino para entiendan que ahí estuvimos nosotros para arreglar los cuadros y los libros, la cama y la ropa, todo lo que necesiten porque siempre estaremos vigilándoles y animándoles a que aprendan del orden una estrategia para ordenar5 sus propias vidas.
         H. EL MALABARISTA: Unos padres deben aprender a balancear el presupuesto para que no tengamos que decir "no" a nuestros hijos, alcanzando para todos por igual, como un buen malabarista, porque el arte de mantenerse sin errores es la práctica diaria, donde debemos practicar y restar de lo superfluo para seguir invirtiendo en lo que realmente tiene sentido, el bienestar de nuestros hijos.
          I. EL CHATEADOR: Unos padres deben aprender a chatear con sus hijos, a diario, como amigos, para que lleguen a conocerse en la alegría y el relax, el cansancio y el llanto, la opresión y la libertad, sólo así se pueden acercar los seres humanos con confianza, cuando se conocen plenamente.
          J. EL MENTALISTA: Unos padres deben aprender a imaginar lo que pasa por la mente de sus hijos, las respuestas que nos van a dar y las escapatorias que se van a inventar, porque les hemos enseñado a decir la verdad y a compartirlas con nosotros, sólo así se evitarán los accidentes de las relaciones padres-hijos.

Gracias por seguir ahí, de tu amigo que nunca te falla.

JUAN 


martes, 25 de septiembre de 2012

¿ES BUENO QUE SE NOS NOTE EN LA CARA?

Pasamos por la vida creyendo que todos los demás son simples espectadores en el teatro de la vida y que podemos esconder nuestros sentimientos y nuestras apreciaciones, pero la verdad es que a pesar de lavarte y ducharte, empolvarte y masajearte con un excelente perfume, colorearte y peinarte con un afán revoltoso, todo se nos nota en la cara. 

Creemos que podemos esconder nuestra ansiedad porque llega el momento del parto o nuestras iras por algún imprevisto que alteró nuestros planes, un comentario que trastornó el rato en que nuestro hijo jugaba abiertamente o un roce con el vecino al comparar a los niños y destacar en el otro lo que no encuentras en el tuyo.

Pensamos que podemos maquillar nuestro coraje por unas malas calificaciones o un comentario que se regó por el vecindario, teniendo como protagonista nefasto a nuestro hijo, un aspecto o una enfermedad que lo señala o un trastorno que lo mantiene escondido y sin capacidad de relacionarse con los demás.

Soñamos con que nadie se percate de nuestro adelgazamiento por el sufrimiento de que un hijo no come, desconocemos si es el momento para llevarle a un profesional porque aún se orina en la cama, una hija que menstrúa a una edad muy temprana o llevamos el dolor de un hijo adoptado y que no conoce sus orígenes, aunque tengamos incertidumbre al comunicárselo porque adopte una actitud de huida.

Reflexionamos y salimos a la calle sonriendo con una máscara de felicidad, pero detrás se esconde la verdad de un hijo alcohólico o drogadicto, un tratamiento prolongado por una epilepsia que no se controla o una enfermedad incurable y alguien nos dirá, algún día, que se nos nota en la cara.

Crecemos y nos cambiamos de residencia para esconder que nuestra hija es madre soltera, nuestro hijo discapacitado no se integra fácilmente o alguno de nuestros hijos atraviesa situaciones dramáticas de desempleo forzado o aislamiento impuesto al haber cometido algún delito.

Masticamos la rabia de no tener una herencia que transmitir y legar, vivir ausentes por la demencia de alguno de los progenitores, tener que desplazarse en autobús por no tener vehículo propio, vivir alejado y tener que caminar para subsistir y aprender, pedir limosna cuando otros estropean libros de texto o mirar cómo se deshilacha la cortina maltrecha de la sala, porque separa dos cuartos improvisados, en lugar de ver una televisión de última generación.

A pesar de todo lo que nos pase, como padres, es bueno que se nos note en la cara y no tengamos que pintarnos y disfrazarnos a diario, ello implica que hemos aceptado nuestra condición y nuestra verdad, nos conocemos cada día mejor y somos personas de apoyo, no padres agotados por la vergüenza ni el deshonor de nada ni de nadie.

Sí, definitivamente es bueno que se nos note, porque a pesar de que nos señalen, en la verdad bien transmitida podemos hallar el consejo que nos ayude a abrir una ventana de esperanza para poder resolver el problema y luego servir de guía a otros padres para que puedan construir su proyecto de familia sin que tengan miedo de que se les note a ellos en la cara cualquier sufrimiento, disgusto o malestar.

Gracias por seguir siempre ahí. Vuestro amigo. JUAN

domingo, 16 de septiembre de 2012

LA TEORÍA DEL EMBUDO

Normalmente creemos que unos padres deben disfrutar de sus hijos a su antojo, tal y como Dios les de a entender, sin preocuparse de su formación diaria y mucho menos de futuro. Esto es una terrible equivocación y para ello hay que estudiar, diariamente, las posibles alternativas y valorarlas oportunamente por la repercusión que pueden tener en el desarrollo integral de nuestros hijos.

Con tal propósito he creído aplicar la "Teoría del embudo" que, colocado boca arriba, es capaz de recibir un volumen importante de líquido y filtrarlo para llenar una botella, aunque sea gota a gota, pero puesto boca abajo, sólo filtra un poco y se nos desparrama porque la base es muy ancha y el cuello de la botella muy estrecho.

Con esto quiero transmitiros que hay circunstancias en la vida de relación de los padres y los hijos, en que debemos colocar el embudo boca arriba, con el único fin de que entren todas las dudas y los interrogantes, ante cualquier situación concreta, para poder filtrarlas y que sólo se destilen aquellas que merezcan la pena para llenar la botella de esas ilusiones y mensajes que son tan necesarias para seguir creciendo.

Habrá quien piense que el embudo boca abajo también puede ser interesante, pero en este caso debe ser para filtrar las grandes frases y los maravillosos ejemplos de vida, con lo que después se pueden dispersar y podemos sacar muchas conclusiones que pudieran apoyar el crecimiento en diferentes esferas de la vida de relación de nuestros hijos.

Un niño que le dice a los padre "Un gran filósofo decía que yo soy yo y mis circunstancias", pero ¿cómo puedo aplicar esto en mi vida?. Entonces debemos colocar un embudo boca abajo, porque es una reflexión tan importante que nos puede convocar a que extraigamos muchas conclusiones (de algo estrecho se obtiene una base ancha), y así podemos indicarle que las circunstancias definen nuestro futuro, dependiendo de qué circunstancias aceptemos a nuestro alrededor (amigos desconcertantes o grandes profesores guías, amigos de los que construyen u oportunistas de bar y media noche, compañeros de estudio o sociópatas empedernidos y abandonados a su suerte).

Pero si un hijo nos dice ¿Qué pasaría si me reúno con amigos que no piensan en el futuro y se drogan?, entonces tenemos que colocar el embudo boca arriba para recalcarle que todas las oportunidades y circunstancias a las que se está enfrentando, quizás por azar o por no haber sabido seleccionar bien su grupo de amigos, los que determinan sus circunstancias en su vida diaria, pueden terminar aseverando las palabras de un gran filósofo (yo soy yo y mis circunstancias) y así vamos de lo más ancho (las apariencias y las reflexiones generales) a lo más estrecho (la conclusión).

Si una niña nos comenta que tiene amigas que no dudan en tener relaciones sexuales tempranas sin protección, porque quieren tener una sensación más placentera y disfrutar de su cuerpo, tenemos que aplicar la teoría del embudo boca arriba, pues por la boca ancha entran todos los comentarios (lo que se habla) y con los consejos de necesidad de protección (por las enfermedades de transmisión sexual) y la posibilidad de ocurrencia de embarazos no deseados, los interrogantes sobre las malformaciones y la incapacidad de haber elegido bien la pareja en tan poco tiempo y sin conocimiento, podemos sacar una conclusión (que sería el cuello del embudo o la parte más estrecha) "más vale reflexionar antes de comprometerse por lo que puede implicar para mí como riesgo para mi salud y como experiencia de amor o que me marque un momento crucial en mi vida como desesperante y amargo".

Un joven nos cuenta que quiere suicidarse y entonces tenemos que aplicar la teoría del embudo boca abajo, porque nos está aportando con una conclusión (el cuello del embudo), pero tenemos que conocer todos los condicionantes que le llevaron a tomar esa decisión (se siente marginado, no puede abandonar las drogas, ha tenido una frustración en el amor, se ha enterado que es adoptado, no le aceptan su identidad sexual, es incapaz de superar una actitud que cometió o está inmerso en una depresión profunda), por lo que analizando cada situación concreta podremos viabilizar una solución de conjunto.

Un padre no sabe qué hacer con un hijo muy enfermo o discapacitado, tiene miedo de enfrentar el futuro y los vecinos, se esconde de familiares y amigos, renuncia a todo para refugiarse en su dormitorio y no encuentra soluciones en la oración, por lo que el hijo aplicará la teoría del embudo boca arriba y empieza a presentarse a un padre que aún no le conoce por dentro para explicarle, con detalle, que está confundido con él y que las apariencias engañan, hasta que le convence de que es una obra de Dios, como cualquier otro ser humano (esa es la conclusión o el cuello de botella) y así reflexionará y saldrá a la calle orgulloso u orgullosa de quien es padre o madre.

Unos padres se van a divorciar porque es la conclusión a la que han llegado después de mucho tiempo y los hijos aplican la teoría del embudo boca abajo, para sacar a la luz todos los detonantes y empiezan a analizarlos y desgajarlos, para que se den cuenta de que no sólo tienen hijos sino jueces de una relación paterna y sabrán aplicar la mejor jurisprudencia, pero con un castigo que habrá que pagar si no le hacen caso.

Procura no agobiarte y no dejes pasar por alto la teoría del embudo en tu relación con tus padres o a vosotros, padres, en la relación con vuestros hijos.

Juan, un amigo que nunca os falla.

domingo, 9 de septiembre de 2012

LA ANATOMÍA DE UNOS PADRES

Una relación entre padres e hijos debe ser estudiada, también, desde el punto de vista anatómico, diseccionándola oportunamente para entrever en sus propias entrañas los determinantes de que todo vaya bien o que sea un verdadero desastre y con el agravante de que nadie te sabe explicar dónde estuvo ese tornillo que faltó para engranarla y conducirla adecuadamente.

La boca de la relación padres-hijos está en la puerta de tu propia casa, pues de ahí pueden salir palabras altisonantes o consejos muy válidos, al igual que tu hijo puede salir a la calle con una orientación previa o por  instinto animal y sin atender a recomendaciones previas, todo lo cual condicionará el futuro incierto en esa tarde y si sus decisiones se sujetarán a consultas a los padres o, tenga la edad que tenga, se creerá auto-suficiente para afrontar su propio destino.

La nariz de la relación padres-hijos está en la ventana de su cuarto, pues deja salir un aliento cargado de secretos y contaminado de alcohol o droga, mientras que se permite que entre el aire fresco de la tarde, que bien puede traer aroma y frescura a río o playa, amén de olores que te despierten el apetito o te motiven a acercarte para saludar a quien pase por debajo. Una relación ventilada es aquella en la que se han tratado todos los problemas pendientes y se airearon las dudas, con lo que se desprendieron de su nariz los mocos de un catarro generacional que puede provocarle una complicación y terminar por necesitar asesoría y consultas especializadas porque la gripe se nos fue de las manos y la relación se ve frustrada porque a los pocos días te traen su cuerpo, víctima de un accidente o del liderazgo de un pseudo-amigo, enfrascado en ser el motor del grupo o la pandilla.

Los oídos son las puertas abiertas, porque si oímos lo que pasa, dentro y fuera, en la planta baja y en el segundo piso, estaremos disponibles para atender y no seremos ajenos a secretos o violaciones de la confianza, pudiendo enseñarle la verdad de una relación abierta donde ellos también pueden observar y mirar, descubrir e integrar actitudes y voces, relaciones y besos, algo muy reconfortante para crecer como ser humano y pudiendo contrastarlo con la mentira y la apariencia de la calle.

Las manos están representadas por el rol que desempeña en un hogar donde se le resalta lo bueno y los cambios, haciendo una apuesta por su integración voluntaria en los problemas y proyectos, fomentando su participación activa en las decisiones y soluciones que haya que tomar; ese liderazgo intra-familiar le alejará de esas falsas actitudes de liderazgo empeñado en satisfacer las necesidades del grupo a costa de olvidarse del bien común.

Las piernas de la relación padres-hijos está representada por la responsabilidad que hay que cultivar, pues así como las piernas nos permiten desplazarnos esa verdad que se genera desde el respeto responsable y el amor comprometido son elementos indispensables para desarrollarse a plenitud y poder estar seguros, como padres, de que luego lo implementará en su hogar para perpetuar esa parte de la herencia con la que le queremos legar en un futuro próximo y así sabremos que es responsable con sus tareas y con sus relaciones, en los momentos de reflexión y ante un planteamiento moral o ético.

El ombligo de esta relación, sin embargo, estará siempre en nosotros, pues nuestra disposición y preparación como padres puede servir para acordarse que por ahí nos alimentamos en el interior del vientre materno o que es un espacio que sólo alberga basura y pelusa de la camiseta. Hay que pretender crecer como padres, a la par que nuestros hijos, ya que nuestra presencia es ese ombligo que se rascará o siempre lo recordará, protruído o hundido, pero es parte de ese vínculo madre-hijo que le permitirá siempre volver a sus orígenes y mantener esa lucha por no olvidar y siempre buscar la entrega con quienes le procrearon.

Nuestra uretra y nuestro ano serán los momentos de diálogo, donde nos liberaremos de todos los desechos que nos están impidiendo digerir y respirar adecuadamente, a partir de preguntas y respuestas, un vínculo que hay que sembrar en la infancia para que luego ellos sean capaces de recoger, como fruto positivo de una experiencia sin igual.

Los pulmones de la relación son los momentos de relación social en donde pueda respirar libremente, porque también necesita libertad, pero sugiriéndoles que nos relaten lo acontecido para reconocer si hubo errores, opiniones o deslices que puedan, más adelante, comprometerles o herirles sin han llegado a vincularse afectivamente y desconocen las consecuencias, a corto, mediano y largo plazo.

Gracias a todos los que siguen leyendo y opinando, me siento privilegiado con vuestra lectura y reflexión.

Dr. Juan Aranda Gámiz.

domingo, 2 de septiembre de 2012

DE MUTUO ACUERDO

Cuando dos seres humanos quieren emprender un proyecto de vida de padres, deben establecer unos puntos cardinales de convivencia y unas reglas de juego que, aunque se sabe cuáles deben ser (al norte el respeto, al sur la igualdad de oportunidades, al este un paralelismo en el crecimiento y desarrollo de los dos y al oeste el diálogo constante), se debe aprender a socializarlas y firmarlas "de mutuo acuerdo".

Cuando hay el deseo de tener un hijo se debe emprender una reflexión, tan necesaria como elemental, que quien está por venir no va a solucionar problemas de relación de la pareja ni va a evitar que uno de los dos salga huyendo y el niño sea el condicionante para retenerlo, que se busca un determinado sexo o que sólo nos puede tocar un organismo sano en una mente sana, pues hay que aprender a aceptar antes de recibir lo que Dios nos de, "de mutuo acuerdo".

Cuando empiecen los primeros llantos y quejas, abusando de nuestro tiempo de descanso, tiene que haber un horario pre-establecido para levantarse y para lavarle, para consolarle y pasearle, pues el niño tiene que acostumbrarse a que ambos tienen los mismos dones, uno listo para amamantar y el otro no, pero que su atención es una tarea de dos "de mutuo acuerdo".

Cuando vaya creciendo y haya que moldear sus actitudes, en relación a consejos de amigos y tiempo para el estudio, primeras cartas y llamadas o la ropa que debe estar a la moda, en esa lucha generacional donde creemos que siempre vamos a salir perdiendo, hemos de hablar entre nosotros y las decisiones transmitirlas a nuestro hijo cuando la decisión sea "de mutuo acuerdo".

Cuando decidamos tener otro hijo o quiera el primogénito seleccionar una carrera o traer a su pareja a la casa, no podemos dudar sino pedir tiempo y convocarnos como padres responsables, analizar la propuesta y transmitirle una opinión, sustentada en una valoración de cada situación concreta, porque ya hay una impresión de la pareja de padres "de mutuo acuerdo".

Cuando se nos acerque para preguntar si es verdad que es adoptado y que a pesar de nuestro cariño mutuo quiere seguir a su cordón umbilical y conocer o estar al lado de su madre biológica, hemos de abrir los brazos y dejar hacer para que la vida le permita reencontrarse a sí mismo, pero hay que hacerlo "de mutuo acuerdo".

Cuando uno de los dos en la pareja sea llamado por Dios, se deba transmitir una firme decisión de ruptura entre los padres (divorcio o separación) o vaya a entrar una persona desconocida a ocupar el lugar de padre, debemos presentarle a nuestros hijos un papel escrito con la firma de sus dos padres biológicos, pues esto se debió haber tratado antes de que uno parta o se responsabilice de ellos por distanciamiento del otro y ya debimos haber firmado la decisión que debimos adoptar, a fin de transmitírsela a nuestros hijos "de mutuo acuerdo".

Cuando traiga algún suspenso, si algún amigo lo arrastró por caminos equivocados o fue capaz de fallarle a sus principios, llegará a la casa buscando refugio en el miembro de la pareja más sensible y desesperado, quien más le protege y menos le desafía, pero hay que presentarle un castigo, porque debe aceptarlo como un deseo forzado "de mutuo acuerdo".

Cuando deje de querer a un familiar o haya distanciamientos con su propia pareja, abandone algún proyecto o se aleje sin razón, tenemos que hablar por teléfono -si no está presente- o llamar a la puerta de su habitación -si aún está entre nosotros- para decirle que estamos sufriendo y que necesitamos que nos hable a los dos, porque es un deseo "de mutuo acuerdo".

Si su identidad sexual nos sorprende, tiene algún dolor que no nos quiere transmitir, se calla discrepancias con sus profesores, hay miedos que lo están sofocando o interrogantes que lo asustan, ha escuchado algún comentario del médico que quiere conocer, para planificar su futuro, en el caso de alguna enfermedad grave o catastrófica, se siente diferente al resto de amigos o es rechazado, tenemos que coger nuestras propias armas (verdad para transmitirla, amor para escucharle, sinceridad para explicarle y templanza para soportar el momento) y ponernos a su lado "de mutuo acuerdo".

Si no sabe qué hacer con sus propios hijos, si tiene necesidades que no puede resolver, si ha decidido irse a vivir muy lejos, si ya no nos hablamos mucho por falta de tiempo o si cuando quiera regresar ya no estamos, porque nos fuimos de viaje con las maletas hechas de la vida, respondiendo a la llamada de Dios, tenemos que escribirle una carta donde ponga: estemos donde estemos siempre estaremos esperándote para seguir hablando contigo, nos llames por donde nos llames, "de mutuo acuerdo".

Gracias a todos mis amigos, por seguir ahí

Juan Aranda Gámiz